As Long As You’re Here: el tipo de juego que te hace llorar bonito

Published on

in

Hay juegos que no se juegan, se sienten. De esos que te dejan con el corazón apretado y una sonrisa rara cuando aparecen los créditos, como si no supieras si estás triste o en paz.

As Long As You’re Here pertenece justo a esa categoría de títulos que no necesitan fuegos artificiales para calarte hondo. Es pequeño, íntimo, y al mismo tiempo enorme en lo que transmite. Desde el primer minuto nos dimos cuenta de que esto no era una aventura más, sino una historia contada desde un lugar frágil y sincero. Y claro, ahí nos ganó. Porque si algo nos gusta en Diario de una Gamer es cuando un juego se atreve a tocarte el alma sin pedir permiso.

La primera impresión que deja es la de una calma engañosa. Todo parece sencillo: una casa, una protagonista, recuerdos que aparecen y desaparecen. Pero detrás de esa apariencia cotidiana hay algo mucho más profundo. El juego nos pone en la piel de Annie, una mujer que empieza a perder sus recuerdos. No suena especialmente “épico”, lo sabemos, pero precisamente por eso funciona. Porque en lugar de querer salvar el mundo o derrotar a un villano, lo que intenta es salvar pedacitos de sí misma, trozos de memoria que se escapan sin avisar. Y eso, sinceramente, duele un poco. No en el mal sentido, sino en ese dolor bonito que te hace pensar en las cosas que ya no están y en las personas que han pasado por tu vida.

Nos ha encantado cómo se cuenta todo. No hay grandes discursos ni cinemáticas. Lo que hay son detalles. Pequeños objetos, cartas, fotografías, rincones que guardan ecos del pasado. Cada elemento del entorno cuenta algo, aunque nadie lo diga en voz alta. A veces un sonido, un cambio de luz, o una sombra en el sitio donde no debería estar bastan para contarte una historia entera. Es un juego que confía en ti, en tu capacidad para entender sin que te lo expliquen todo. Además, el ritmo está muy bien medido: ni tan lento como para aburrir ni tan rápido como para que no te dé tiempo a sentir. Lo justo para que te duela, pero con elegancia.

No es un juego largo, y no pretende serlo. Lo que dura es exactamente lo que tiene que durar. Si se alargara, perdería parte de su magia, esa sensación de estar viviendo algo breve pero intenso. Y aunque al terminarlo uno siente ese pequeño vacío de “ojalá hubiera más”, también entiendes que no podría acabar de otra forma. Lo que sí tiene es ese tipo de rejugabilidad emocional: no vuelves a jugarlo por los logros o los secretos, sino porque te apetece revivir ciertas sensaciones. Y sí, lo confesamos, hay momentos en los que te deja con la lagrimita. Pero de las buenas, de las que limpian por dentro.

Jugablemente, As Long As You’re Here es una experiencia tranquila, casi meditativa. No hay enemigos, ni combates, ni jefes finales que te hagan sudar. Lo que hay es exploración, interacción con objetos y recuerdos, y un constante juego de percepción. Caminas por pasillos que cambian sin que te des cuenta, abres una puerta que antes no estaba, ves una habitación que parece la misma pero ya no lo es. Ese tipo de cosas que te hacen dudar de tu propia memoria, igual que le pasa a Annie. Nos ha gustado mucho esa idea: que la jugabilidad sea parte de la historia, que no estés resolviendo puzles por resolverlos, sino porque estás reconstruyendo la mente de alguien.

Los controles son simples y fluidos, sin complicaciones. Pero eso no significa que el juego sea superficial. Todo lo contrario. Hay una profundidad emocional en cómo se mueven las cosas, en los pequeños gestos. Es de esos juegos que te hacen bajar el ritmo, que te obligan a mirar con calma, a observar los detalles. A veces, entre tanto juego que te lanza mil estímulos por segundo, se agradece algo así. Aquí, menos es más, y se nota que está hecho con cariño. También hay algunos puzles que te harán rascarte la cabeza un poco, pero no para frustrarte, sino para que participes en el proceso de recordar. Y eso nos ha parecido una idea preciosa.

En cuanto a dificultad, diríamos que su reto no está en las mecánicas, sino en lo que te hace sentir. No es complicado avanzar, pero sí lo es procesar algunas de las emociones que despierta. Hay momentos en los que simplemente te quedas quieto, mirando algo, sin saber si seguir o no. No porque el juego te bloquee, sino porque tú mismo te quedas atrapado en el instante. Esa es la magia de As Long As You’re Here: no te reta a ganar, te reta a sentir. Y lo consigue con una naturalidad sorprendente.

El apartado visual es otro de los grandes aciertos. A simple vista puede parecer sobrio, incluso modesto, pero a medida que juegas entiendes por qué se ve así. Cada color, cada luz, cada sombra está colocada para transmitir algo. Nos ha gustado mucho ese contraste entre lo cálido de los recuerdos y lo frío de la pérdida. La casa, que al principio parece un espacio seguro, se va volviendo cada vez más extraña, más ajena. Los escenarios cambian con sutileza, como si el mundo se deshiciera poco a poco. Y cuando el juego decide romperte con un cambio visual fuerte, lo hace sin previo aviso, como un golpe seco. Funciona porque no abusa, porque sabe cuándo hacerlo.

La dirección artística es impecable. No busca el realismo ni la espectacularidad, sino la atmósfera. Y vaya si la consigue. Es uno de esos juegos en los que te detienes solo para mirar cómo cae la luz por una ventana o cómo se refleja un objeto en el suelo. Las animaciones, aunque sencillas, son expresivas. Y los efectos visuales que acompañan a los recuerdos, esas distorsiones, esos fragmentos que se deshacen, aportan mucho sin recargar. Hay algo profundamente humano en su estética: imperfecta, melancólica, íntima. Y eso encaja perfectamente con la historia que cuenta.

El sonido es otro protagonista silencioso. La banda sonora no invade, acompaña. Son melodías suaves, que aparecen en el momento justo. A veces te sorprende con un silencio absoluto que dice más que cualquier música. Nos ha gustado mucho cómo juega con la ausencia de sonido, con esos instantes en los que solo escuchas tus pasos o el viento colándose por una ventana. Esos pequeños ruidos te ponen en el lugar de Annie, en su cabeza, y te hacen partícipe de su desorientación. Hay un cuidado enorme en cómo cada sonido está colocado para provocar una emoción concreta, sin resultar forzado.

No hay doblaje en el sentido clásico, pero sí hay voces, suspiros, respiraciones, recuerdos que resuenan. Y aunque no se diga mucho con palabras, se dice todo con el tono. Los efectos de sonido, además, están muy bien trabajados. Desde el crujido de una puerta hasta el sonido de un objeto que cae, todo contribuye a esa sensación de estar dentro de una mente que se descompone. Es uno de esos casos en los que el diseño sonoro no es un acompañamiento, sino parte fundamental de la narrativa. Si lo juegas con auriculares, la experiencia se multiplica por diez.

En lo técnico, la verdad es que el juego se comporta de maravilla. No nos hemos encontrado con grandes bugs ni problemas de rendimiento, lo cual siempre se agradece en un título indie. Las transiciones entre escenarios son suaves, las cargas rápidas, y la experiencia se mantiene fluida de principio a fin. Quizá en algún momento puntual se nota una textura que tarda un poco más en cargar o un pequeño parpadeo visual, pero nada que afecte realmente a la inmersión. Está bien optimizado, y eso demuestra que detrás hay un trabajo cuidado, hecho con mimo.

Tampoco es que el juego necesite grandes recursos para funcionar: su fuerza no está en la espectacularidad técnica, sino en la sutileza. Pero se nota que está bien construido, que no se cae a pedazos como pasa con otros proyectos pequeños. Se siente estable, sólido, y eso ayuda muchísimo a que puedas concentrarte en lo que importa: la historia y los recuerdos de la protagonista.

Y cuando llegan los créditos finales, te quedas en silencio. No por no saber qué decir, sino porque sabes que has vivido algo bonito. Algo que no te va a cambiar la vida, pero sí te va a acompañar un tiempo. Creemos que esa es la mayor virtud de As Long As You’re Here: no intenta impresionarte, intenta conectar contigo. Y lo consigue. No con giros espectaculares ni con finales explosivos, sino con humanidad. Con una sinceridad que, en estos tiempos de juegos que te lo dan todo masticado, es difícil de ver.

Nos ha gustado que sea tan honesto, tan pequeño y tan grande a la vez. Que se atreva a hablar del olvido, de la memoria y del paso del tiempo. Que te deje espacio para sentir y pensar. Y que al terminarlo te haga mirar tus propias fotos, tus propios objetos, y recordar. Si lo que buscabas era un juego que te haga detenerte, respirar y sentir un poquito, As Long As You’re Here es justo eso. Una experiencia breve, íntima y preciosa. Y sí, lo recomendamos sin dudar. Porque a veces, entre tanto ruido, se agradece un juego que te hable bajito y te diga: “mientras estés aquí, todo estará bien.”