Simon the Sorcerer Origins: El regreso de la magia clásica del point and click

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Volver al género del point and click en pleno 2024 siempre se siente un poco como sacar la Game Boy en la terraza de un Starbucks: la gente te mira raro, pero tú estás en tu salsa. Pues Simon the Sorcerer Origins va justo de eso. Coge una fórmula clásica, la moderniza un poco más y te dice: “Mira, quizá no soy el más moderno de la sala, pero sé cómo pasarlo bien”. Y la verdad… lo consigue.

Antes de nada, confesión: no conociamos los Simon originales más allá de un par de referencias. Así que cuando recibimos el juego, lo empezamos sin nostalgia y sin expectativas de “¡ay los clásicos!”. Lo guay de esto es que realmente no nos ha afectado, ya que este juego en concreto funciona como una “precuela”, una historia que te presenta a un Simon joven que todavía no es el maestro del sarcasmo, sino un aprendiz que se está comiendo el marrón más grande de su vida: despertar en un mundo de fantasía donde nadie le ha explicado cómo funcionan las cosas, pero todos esperan que las solucione. Un martes normal para cualquier estudiante, vaya.

La historia funciona sorprendentemente bien. No intenta ser súper profunda ni darte un giro argumental cada cuatro pasos. Aquí lo importante es el viaje, las conversaciones absurdas y los personajes que se cruzan contigo. Hay criaturas que parecen diseñadas exclusivamente para sacarte una sonrisa, NPCs que son pura personalidad andante y situaciones que se sienten como: “Bueno, no sé cómo he llegado aquí, pero voy a fingir que lo tenía todo planeado”. Y claro, Simon hace lo mismo. Ese toque de humor ligero, más irónico que exagerado, mantiene la aventura con buen ritmo sin necesidad de una épica intergaláctica.

Hablando del ritmo: este es un juego calmado. Es para jugarlo con una bebida caliente y cero prisas. Te paras, miras un escenario precioso, haces clic en todo lo que se pueda hacer clic, lees diálogos con chispa y poco a poco vas resolviendo puzles. Nada de explosiones, nada de enemigos de 3 metros persiguiéndote. Solo tú, tu cerebro y la eterna pregunta de “¿por qué demonios este pollo tiene la llave de un molino?”.

Los puzles están en ese punto dulce donde no te frustras cada dos minutos, pero tampoco sientes que el juego te trate como si fuera tu primer día usando manos. A veces toca combinar objetos que dices “esto no debería tener sentido… pero en este mundo lo tiene”. Y sí, hay uno o dos rompecabezas que quizá juegan a ser demasiado listillos, pero nada que te haga tirar el ratón por la ventana como en algunas aventuras antiguas.

Una cosa que nos ha gustado mucho es que el juego respeta la lógica interna. Cuando algo es descabellado, lo es de manera coherente con el tono del mundo. Hay pistas en los diálogos, en los escenarios y en esas líneas de texto que Simon suelta mientras inspecciona las cosas. Así que si prestas atención, avanzas. Nada de quedarte atascado por no ver un píxel escondido o una pista oculta.

La parte visual es, probablemente, lo primero que te enamora. El juego luce como un cuento ilustrado en movimiento, con colores vivos que te gritan “¡fantasía!” sin necesidad de exagerar. Los escenarios están llenos de detalles pequeños que hacen que el mundo sea muy agradable de recorrer, y los personajes tienen expresiones muy simpáticas. No es un triple A, ni falta que le hace: el estilo artístico está tan cuidado que transmite muchísimo encanto.

Sí se nota que algunas animaciones podrían ser un pelín más fluidas, pero es un detalle menor dentro del conjunto. La dirección de arte hace el trabajo duro, y lo hace muy bien. Además, hay variedad suficiente en las zonas como para que cada nuevo lugar te dé ganas de explorarlo entero.

En cuanto al sonido, todo está bien puesto en su sitio. La música acompaña de forma agradable, cambiando entre tonos misteriosos, relajados y cómicos según el momento. No son melodías que se quedarán grabadas para siempre en tu cabeza, pero funcionan como deben: creando una atmósfera cómoda para perderte en ellas. El doblaje aporta personalidad, con voces que encajan en el humor ligero del juego, y los efectos sonoros ayudan sin llamar demasiado la atención. No hay nada fuera de lugar, y eso ya es un punto a favor.

Y a nivel técnico, genial. El juego no dio problemas raros ni bugs que arruinaran la experiencia. Fluido, cargas rápidas, y no exige un PC de la NASA. Para ser un juego que apuesta más por lo artístico que por la potencia, está bastante bien pulido.

Ahora bien, toca hablar de lo que puede no convencer a todo el mundo. Este juego es puro point and click tradicional. Totalmente. Absolutamente. Si lo que buscas es algo que reinvente el género o que meta decisiones de vida o muerte, acción o giros emocionales estilo “crisis existenciales”, este no es el juego. Simon the Sorcerer Origins sabe exactamente lo que quiere ser: una aventura divertida y clásica, de esas que se disfrutan sin complicaciones. Y ahí está su virtud.

a historia es encantadora. Tiene diálogos buenos, personajes memorables y un mundo muy bonito. El objetivo no es dejarte pensando durante semanas con su trama, sino que pases unas horas entretenidas y cómodas, como cuando ves tu serie favorita para pasar el rato. Esta es la meta principal del juego y la consigue con creces.

La duración está en el rango ideal para este tipo de propuestas: lo suficiente para sentirse completa, pero sin estirarse como un chicle. La rejugabilidad depende más de cuánto te apetezca volver a clicar en todo para ver líneas de diálogo que quizá pasaste por alto. No hay finales alternativos dejando así una historia bien hecha, con un recorrido claro.

Entonces… ¿recomendable? Totalmente, si sabes a lo que vienes. Simon the Sorcerer Origins es una aventura gráfica moderna que respeta lo clásico, con personalidad, con humor amable y con puzles inteligentes sin ser crueles. Es el tipo de juego que te saca una sonrisa y te regala un ratito de escape a un mundo donde la magia y lo absurdo van de la mano. Cumple con gusto y encanto.

Si eres de los que crecieron haciendo clic en todo lo que se movía en la pantalla y aún recuerdas la satisfacción de resolver un puzle sin tutoriales kilométricos… este juego es prácticamente un abrazo al pasado. Y si eres nuevo en el género, también es una buena puerta de entrada: accesible, bonito y con un humor que te hace sentir parte del viaje desde el principio.

Podemos decir que Simon the Sorcerer Origins es como ese amigo que siempre te cuenta historias absurdas y te hace reír con alguna tontería. Sabes que con él siempre te lo pasas bien. Y al final, para un point and click, eso es la magia de verdad.