Tower Factory: Nuestra fábrica feliz… (hasta que algo se atasca)

Published on

in

Tower Factory es uno de esos juegos que te hacen pensar “buah, esto seguro que es relajadito”, y luego descubres que llevas una hora acomodando cintas transportadoras y produciendo cubitos como si te fuera la vida en ello. Lo bueno es que ya desde la sinopsis queda claro que aquí venimos a fabricar, automatizar y optimizar a niveles estratosféricos, todo ello mientras intentamos mantener la calma que el propio juego transmite visualmente. Y la verdad, nada más empezar, nos dimos cuenta de que esa mezcla de paz estética y caos mental es, precisamente, parte del encanto de Tower Factory. Es un título que no se complica la vida inventándo un lore épico, pero tampoco lo necesita: su fuerza está en lo que hacemos, más que en por qué lo hacemos, y eso le sienta mejor de lo que podríamos haber imaginado.

Desde el minuto uno, el juego nos coloca frente a una especie de terreno modular en el que iremos construyendo torres de producción para convertir recursos en otros recursos, que a su vez se transforman en productos más complejos. Todo muy normal hasta que te das cuenta de que esto es como jugar a hacer máquinas… pero sin que nada explote. O bueno… casi nunca explota. Nos ha gustado que no intenta engañar a nadie: si estás aquí, es porque quieres dejarte llevar por el bucle de “coloco, conecto, produzco, optimizo” y Tower Factory te da justo eso, sin pretender ser más de lo que es. No tiene esa ambición de convertirse en un juego gigantesco, sino de ser ese espacio seguro donde entrar un ratito a mover piezas, como quien ordena un cajón por diversión.

En cuanto a la historia, Tower Factory prácticamente no tiene una narrativa tradicional, y eso es importante decirlo desde el principio. No hay un personaje con motivaciones profundas, ni un mundo repleto de conflictos, ni tampoco un final dramático que descubrir. Su premisa es tan directa que sería raro meterle drama. Aquí venimos a construir y punto. La historia la pone el jugador a medida que la fábrica crece, y eso le da un toque curioso: es casi como ver evolucionar un pequeño ecosistema que depende únicamente de nuestras decisiones.

También es verdad que esta ausencia de narrativa puede hacer que algunos jugadores echen de menos un propósito más grande, pero nosotros lo sentimos más como libertad que como una carencia. No hay tutoriales eternos, no hay diálogos lentos, no hay cinemáticas que nos saquen de la partida. La experiencia es inmediata, directa y, por extraño que parezca, bastante acogedora. A veces, lo último que queremos es que un juego nos meta una subtrama sobre salvar al mundo cuando lo único que queremos es mirar cómo un engranaje mueve otro engranaje.

Sobre la duración, Tower Factory es tan largo como tú quieras que sea. Podríamos decir que no tiene “final”, sino un ciclo de progreso constante que puedes alargar o acortar a gusto. Eso hace que valga la pena si te gusta ese tipo de experiencia abierta, porque siempre hay algo más que optimizar. Y si te apetece, lo dejas y vuelves otro día sin sentir que estás rompiendo un hilo narrativo. Lo cual se agradece muchísimo. Además, tiene bastante rejugabilidad gracias a cómo te permite experimentar con configuraciones diferentes, caminos alternativos en la producción y estilos propios de construcción. A nosotros nos enganchó más de lo esperábamos y acabamos reordenando media fábrica porque habíamos colocado una cinta un milímetro a la izquierda de donde queríamos. Cosas que pasan.

Pasando a la jugabilidad, que es sin duda el pilar central del juego, Tower Factory nos pone en los zapatos de un diseñador de cadenas productivas. Empezamos con recursos simples que se procesan de forma directa, pero rápidamente la cosa se enreda. Y ahí es donde aparece la magia. Nos ha gustado que la curva de aprendizaje es bastante natural: al principio te crees un genio porque has conectado tres máquinas y funciona todo, pero en cuanto intentas meter un sistema de dos niveles te das cuenta de que aquí hay más profundidad de lo que parece. Y ahí te das cuenta… de que realmente no sabes nada.

Es un juego fluido, intuitivo y sorprendentemente versátil. Las mecánicas principales giran alrededor de construir torres, encadenar procesos y asegurarse de que todo lo que entra en un sitio sale por el otro, preferiblemente sin liarla demasiado. Creemos que el diseño es inteligente: te da herramientas claras, pero eres tú quien debe encontrar la solución elegante. Y lo divertido es que muchas veces esa solución elegante aparece después de haber probado cinco chapuzas que daban penita verlas.

También hay que mencionar que Tower Factory tiene ese punto adictivo típico de los juegos donde ves números subir. Algo produce más rápido, y tú te vienes arriba. Algo se atasca, y te conviertes en detective industrial. Algo funciona sin fallos durante cinco minutos, y te sientes la persona más eficiente del planeta. La jugabilidad tiene ese ritmo casi meditativo que te deja entrar en un estado de concentración muy agradable, como si el mundo real dejara de hacer ruido durante un rato.

Sobre si es accesible o complejo, diríamos que es accesible en la entrada y complejo en profundidad, lo cual es exactamente lo que buscábamos. No necesitas saber ingeniería para jugar, pero sí necesitarás un poco de paciencia para perfeccionar tu red productiva. Es un juego que premia la experimentación constante. ¿Es fácil o difícil? Más bien depende de tu propia ambición: si quieres una fábrica funcional, es fácil; si quieres una fábrica perfecta, prepárate, porque ahí empieza la parte que te hace replantearte cómo demonios has llegado hasta ese punto de obsesión. Y nos ha pasado. Varias veces.

Visualmente, Tower Factory nos ha sorprendido para bien. Su estilo gráfico es limpio, geométrico y bastante agradable a la vista, con colores que no cansan y diseños minimalistas que hacen que cada elemento sea reconocible al instante. No pretende ser un espectáculo visual, pero sí consigue transmitir claridad, que en un juego de este tipo es casi más importante que los efectos bonitos. Opinamos que la dirección artística está bien pensada: simple, pero no simplona, práctica pero con personalidad. Y además tiene ese aire de “maqueta” que te invita a jugar como si fueras un niño colocando bloques.

Las animaciones son suaves y cumplen perfectamente con su objetivo: mostrar el flujo de materiales sin distracciones. Y la ambientación, aunque discreta, contribuye a reforzar ese tono tranquilo y organizado que define al juego. Es como estar dentro de una pequeña ciudad mecánica donde todo tiene un propósito. Y lo mejor es que no se siente vacío.

En cuanto al sonido, Tower Factory apuesta por una banda sonora relajada, de esas que acompañan pero no interrumpen. Creemos que funciona muy bien porque subraya la sensación de calma que domina el juego. Si viniera con música épica o sonidos exagerados perdería parte de su magia. Aquí todo es suave, casi zen. Y aunque no podemos decir que tenga una banda sonora memorable en el sentido tradicional, sí podemos decir que encaja como un guante.

Los efectos de sonido también están muy cuidados. Cada maquinaria, cada conexión y cada proceso tiene un pequeño audio que refuerza lo que ocurre en pantalla sin volverse repetitivo. Nos ha gustado que no te llena la cabeza de ruido. Nada chirría, nada rompe la atmósfera. Es sonido funcional, bien calibrado y agradable. No hay doblaje porque no hay personajes, pero tampoco se echa en falta.

En cuanto al rendimiento, Tower Factory está bastante pulido. Durante nuestras partidas no hemos sufrido crasheos ni bugs graves, y eso siempre es de agradecer. Sí es verdad que, como en todo juego de construcción, cuando la base empieza a ser enorme pueden aparecer pequeñas bajadas de rendimiento, pero nada que arruine la experiencia. Es más bien una consecuencia natural de tener cien millones de piezas funcionando al mismo tiempo. Aun así, nos ha sorprendido lo estable que es incluso con estructuras grandes.

Técnicamente se siente sólido y estable, con tiempos de carga muy cortos y un funcionamiento fluido. No parece un juego mal optimizado, y se nota que está pensado para que puedas echarle horas sin miedo a que el ordenador empiece a sonar como un avión. Nosotros hemos podido jugar de forma muy cómoda y eso suma puntos.

Al final, Tower Factory nos ha dejado muy buenas sensaciones. Es un juego tranquilo, honesto con lo que propone y sorprendentemente entretenido. La falta de una historia tradicional no le perjudica porque toda su identidad está en la jugabilidad. Construir, experimentar, optimizar… es un bucle muy satisfactorio. A nivel visual es limpio y bonito, a nivel sonoro está bien acompañado, y a nivel técnico funciona sin dolores de cabeza. Creemos que es uno de esos títulos perfectos para quienes disfrutan del ritmo lento, de las construcciones ingeniosas y del placer de ver cómo todo encaja.

¿Lo recomendamos? Sin duda. Y además advertimos que es de esos juegos que pruebas “cinco minutos” y al rato descubres que llevas una hora reorganizando una máquina porque “podría quedar más bonita”. Y oye, si un juego consigue que te olvides del tiempo mientras simplemente construyes, es que algo está haciendo muy bien.