Henry Halfhead es uno de esos juegos que, desde el primer segundo, te miran con una ceja levantada diciendo: “mira, no te lo tomes muy en serio, pero ven que te quiero enseñar algo”. Y claro, uno entra sin muchas expectativas y se encuentra con un personaje que literalmente es solo media cabeza, como si alguien se hubiera quedado a medias al dibujarle el resto del cuerpo y al final hubieran dicho: “bah, así está bien”. Pero lo gracioso es que funciona. Funciona mejor de lo que debería. Porque Henry, con su carita simpática, tiene la habilidad de poseer objetos y convertirse en cualquiera de ellos. Y eso, ya es la excusa perfecta para pasarnos media tarde siendo una tostadora, un aspersor, una regadera o una lámpara, porque el juego es un parque infantil camuflado de aventura narrativa.
La introducción del juego deja claro que aquí hemos venido a jugar, pero también a acompañar a Henry en un recorrido que mezcla lo cotidiano con lo imaginativo. La idea de explorar la vida diaria a través de objetos no es solo curiosa, sino que, sinceramente, nos ha parecido una forma muy bonita de recordar cómo de pequeños tocábamos todo, experimentábamos con todo y nos preguntábamos cómo se sentiría ser una silla. Pues Henry Halfhead te deja vivir un poco esa fantasía, pero desde un punto de vista cálido y entrañable. Y eso engancha más de lo que esperábamos.

En cuanto a la historia, estamos ante algo sencillo, sí, pero muy bien equilibrado. No es un juego narrativo profundo que busque rascar en traumas ni golpearte sentimentalmente cada dos minutos. Aquí lo que encontramos es un relato amable, contado con una voz de narrador que es casi como un amigo que te acompaña en el proceso. Esa voz comenta tus acciones, se sorprende contigo cuando decides convertirte en un objeto que no parece tener ningún sentido, e incluso te lanza algún comentario que te saca una sonrisa tonta. Es un tipo de narración muy humana, cercana y que no juzga, que simplemente te acompaña para que el viaje sea aún más agradable.
La historia en sí va siguiendo distintas etapas de la vida de Henry, desde espacios más íntimos hasta otros más amplios y llenos de posibilidades. Cada fase es como una pequeña cápsula de recuerdos, de rutinas y curiosidades, y nos ha gustado mucho esa estructura porque te permite avanzar sin prisa, disfrutando de cada rincón. No es una aventura larga, pero tampoco busca serlo; más bien quiere ser una de esas experiencias compactas que tienen mucho cariño dentro. Y lo consigue muy bien.

Además, gracias a la cantidad de objetos disponibles, el juego tiene una rejugabilidad notable. Incluso si terminas la historia principal, siempre quedan rincones por descubrir, objetos por probar o pequeñas interacciones escondidas que te sacan una sonrisa. Y para un juego con un planteamiento tan experimental, eso es una gran noticia.
Ahora, la jugabilidad… aquí sí que hemos disfrutado como niños. La base mecánica de Henry Halfhead es convertirte en objetos, pero no como un chiste visual. No: cada objeto tiene sus propias funciones, su propio comportamiento y su propia utilidad dentro del entorno. Ser una regadera sirve para regar plantas, que a su vez quizás desbloquean algo; ser un cuchillo te permite cortar alimentos; ser un avión de papel te da movilidad aérea para alcanzar zonas imposibles. Y así con cientos de objetos más. Nos ha encantado la creatividad que hay aquí, porque no es un simple “ser objeto por ser objeto”, sino que de verdad te obliga a pensar qué puedes hacer con cada forma nueva que adoptas.

La fluidez con la que saltas de un objeto a otro también está muy bien conseguida. Apenas hay interrupciones, y eso hace que la exploración sea muy natural, casi como si Henry tuviera una curiosidad imparable que tú solo estás traduciendo con un botón. Es un juego que se siente fácil de entender y que no te abruma con miles de combos o sistemas complicados. Es accesible desde el minuto uno, pero tiene suficiente profundidad como para que quieras seguir probando combinaciones nuevas por puro gusto.
En cuanto a la innovación, aquí creemos que el juego destaca muchísimo. Vale, no inventa el género sandbox ni el de puzzles, pero mezcla ambos con una personalidad tan marcada y un enfoque tan juguetón que se siente fresco, distinto. Y sobre todo, tiene ese tipo de diseño que invita a la experimentación sin castigarte por equivocarte, que para nosotros es un puntazo enorme.
También nos ha sorprendido lo bien que funciona el cooperativo local. Poder jugar con otra persona convierte el caos en una fiesta, porque claro, una cosa es estar tú solo siendo una tostadora, pero otra muy distinta es que tu compañero decida convertirse en una planta de repente y liarla sin querer. Ese tipo de situaciones generan risas muy sinceras, de esas que salen porque la situación no tiene ningún sentido, y el juego lo sabe y lo abraza.

La dificultad está muy bien medida: lo suficiente como para hacerte pensar, pero sin llegar a frustrar. Hay puzzles que requieren prestar atención y otros que piden creatividad, pero casi nunca sentimos que el juego fuera injusto. Y ese equilibrio hace que puedas relajarte mientras sigues sintiendo que avanzas por tu propio ingenio.
Gráficamente, Henry Halfhead es un pequeño encanto. No busca hiperrealismo ni pretende deslumbrar con efectos técnicos, sino que apuesta por un estilo visual sencillo, limpio y simpático. Los colores suaves y las formas redondeadas dan una sensación acogedora que encaja perfectamente con el tono del juego. Y lo mejor es que cada objeto está diseñado con claridad, lo cual es esencial cuando tienes que distinguir qué puedes usar, qué puedes poseer y qué función tiene cada elemento.
La dirección artística transmite una calidez muy agradable: habitaciones iluminadas con cariño, pequeños detalles decorativos que hacen cada espacio creíble y una armonía visual general que da gusto mirar. Es el tipo de juego que te hace sentir bien simplemente por estar ahí, paseando entre muebles como si fueras el espíritu doméstico más adorable del planeta.

Los escenarios también están muy bien pensados para que puedas interactuar con todo sin sentirte limitado. Cada zona tiene su propio carácter, y eso hace que avanzar de un capítulo a otro se sienta como cambiar de etapa vital, pero de una forma suave y natural. Los sombreros que puedes desbloquear para Henry también son un detalle que nos ha hecho mucha gracia: no aportan nada jugable muy relevante, pero sí mucho encanto visual. Y oye, si puedes ser un florero con sombrero, ¿por qué no hacerlo?
El sonido acompaña estupendamente todo lo que hace el juego. La banda sonora es ligera, dulce, un poco juguetona… como un pequeño hilo musical que te invita a mantener la curiosidad siempre activa. No es una banda sonora que vayas a recordar durante años, pero sí una que amplifica la experiencia sin robar protagonismo. Y eso, en un juego tan centrado en la experimentación, es justo lo que necesitamos.
Los efectos de sonido están también muy cuidados. Cada objeto suena como debería, cada interacción tiene un pequeño ruidito agradable, y las transformaciones tienen un toque muy simpático. Pero quizá lo mejor de todo es el narrador. Su voz, amable y risueña, reacciona a tus acciones como si estuviera viendo a un niño pequeño inventarse juegos nuevos cada minuto. Es un recurso que aporta muchísimo al tono del juego, porque te hace sentir acompañado y potencia ese humor ligero que tanto nos ha gustado.

En cuanto al rendimiento, el juego está bastante bien optimizado. En nuestra experiencia ha ido fluido, sin tirones importantes y sin crasheos que rompan la partida. Sí que hemos visto algunos bugs menores como colisiones raras, objetos que no encajan del todo o físicas que parecen tener vida propia, pero son los típicos fallos que, lejos de arruinar la experiencia, terminan siendo parte del encanto del juego. Y, sinceramente, si un cepillo decide emprender un viaje cósmico inesperado cuando lo posees… pues oye, igual es su momento de brillar.
En general, creemos que Henry Halfhead está lo suficientemente pulido como para que cualquiera pueda disfrutarlo sin miedo a encontrarse problemas graves. Y eso, tratándose de un juego con tantas interacciones posibles, es admirable.

Al final, nuestra conclusión es bastante clara: Henry Halfhead es un juego pequeño, cálido, creativo y lleno de imaginación. Nos ha gustado su historia sencilla pero bonita, la libertad que ofrece su jugabilidad, lo bien que fluye todo y la capacidad que tiene para sacarte una sonrisa incluso cuando no estás haciendo nada especialmente importante. Es de esos juegos que no vienen a cambiarte la vida, pero sí a regalarte unas horas de diversión genuina y ligera.
Su estilo visual, su sonido encantador, su humor suave y su diseño accesible hacen que sea una experiencia perfecta para relajarse, experimentar y recordar lo divertido que es jugar sin complicaciones. Creemos que tanto en solitario como acompañado tiene muchísimo encanto, y que quien entre con la mentalidad de disfrutar y curiosear se llevará una sorpresa muy agradable.

En definitiva, Henry Halfhead es una pequeña joya que invita a dejarse llevar, a explorar, a reír y a convertirte en cualquier objeto que te apetezca en ese momento. Y sinceramente, pocas cosas nos parecen tan maravillosas como eso.

