Centum: Esa historia… que se entiende jugando.

Published on

in

Desde el primer momento en el que nos topamos con Centum, sentimos esa mezcla rara entre curiosidad y sospecha que solo aparece cuando un juego decide mirar directamente al jugador y decirle, sin decirlo, que nada va a ser normal. Y como somos gente con poca voluntad ante las propuestas raras, nos lanzamos de cabeza, para que mentiros. Centum no viene con grandes promesas ni con trailers que te expliquen demasiado; más bien parece un experimento que alguien dejó sobre la mesa y nosotros decidimos probarlo para ver que proponía. Lo que encontramos no es exactamente un juego tradicional, pero sí una experiencia que, dependiendo de lo que uno busque, puede dejarte pensativo, confundido o con ganas de apuntarte a una terapia de grupo para procesarlo. Y oye, eso siempre es buena señal en este tipo de propuestas. Significa que han hecho un muy buen trabajo al dejarte tocado.

Desde el inicio entendemos que Centum se mueve por otros caminos, como si estuviera constantemente intentando empujarnos un poquito fuera de la zona de confort. Y no lo hace de una forma agresiva, sino más bien con la premisa de “sé algo que tú no sabes” que nos encanta cuando viene de un proyecto pequeño con ganas de jugar con la mente del jugador. En ese sentido, creemos que el juego logra algo que muchos intentan y pocos consiguen: mantener una atmósfera intrigante sin contar demasiado, dejar espacio para que el propio jugador complete huecos y construir un ritmo extraño, casi hipnótico, que invita a seguir adelante aunque no tengamos ni idea de qué demonios está pasando.

Entrando en la historia, Centum plantea un planteamiento minimalista que no parece querer destacar por la profundidad tradicional de un argumento, sino por el cómo lo transmite. No estamos ante un relato épico ni ante personajes que vayan a quedarse grabados en la memoria por su carisma; aquí la historia funciona más como un envoltorio para introducirnos en una serie de situaciones que buscan desconcertar, desafiar y, sobre todo, generar un clima de incomodidad ligera. Y sí, ese tipo de incomodidad que no te hace abandonar el juego, pero sí te obliga a mantener la ceja levantada. Creemos que la intención es clara: no se trata tanto de contar una historia clásica, si no más bien de provocar sensaciones de todo tipo en el jugador.

Lo cierto es que el juego no necesita más para atraparnos. La manera en la que está contada la historia, o más bien sugerida, encaja perfectamente con su planteamiento. Va lanzando pequeñas señales, frases extrañas, situaciones desconcertantes, y nos invita a unir piezas sin garantizar que exista realmente una respuesta definitiva. Eso es algo que puede frustrar a quien busque una narrativa más concreta, pero creemos que forma parte del encanto del título. Además, la duración relativamente breve funciona a favor: Centum no se alarga innecesariamente ni intenta justificar elementos que no necesitan explicación. Es como una experiencia concentrada que se consume en una tarde, pero deja un sabor particular que tarda en desaparecer.

En cuanto a rejugabilidad, aquí nos encontramos en un terreno curioso. El juego, por su naturaleza, no propone objetivos alternativos ni caminos divergentes, pero sí genera esa sensación de “¿y si lo vuelvo a jugar para ver si entiendo mejor algo?”. Esa duda, o necesidad de reinterpretación, puede considerarse una forma alternativa de rejugabilidad. Centum no busca que el jugador vuelva a él por contenido adicional, sino por el impulso de intentar recomponer el puzzle narrativo que propone. Y esto, siendo sinceros, nos parece suficiente para el tipo de experiencia que quiere ofrecer.

Pasando a la jugabilidad, y aquí toca detenernos más porque es el apartado donde Centum realmente se desarrolla, nos encontramos con un diseño que juega a la ambigüedad. A nivel mecánico, no es un título complejo. No intenta revolucionar nada ni presentar sistemas elaborados. Más bien se mueve alrededor de pequeñas interacciones, decisiones y observaciones que influyen tanto en el avance como en la percepción de lo que el juego intenta transmitir. Es un enfoque minimalista que, si bien puede parecer simple en la superficie, resulta sorprendentemente efectivo cuando lo combinamos con su atmósfera y su estilo narrativo.

Queremos destacar lo fluido que puede llegar a sentirse pese a su sencillez. No hay menús abrumadores ni sistemas secundarios que distraigan. Centum quiere que te concentres en lo que ocurre frente a ti, en lo que estás leyendo, en cómo respondes a las situaciones. Y aunque a veces esa fluidez se ve interrumpida por decisiones deliberadas del juego que buscan incomodar o romper el ritmo, creemos que forma parte del encanto general. Es ese tipo de juego que te dice “haz clic aquí” sabiendo perfectamente que te vas a preguntar por qué demonios lo estás haciendo.

Sobre su originalidad, opinamos que Centum no es revolucionario en mecánicas, pero sí en la forma en la que las usa. Ese uso tan intencional de lo simple, de lo directo, casi de lo tosco, encaja sorprendentemente bien con la atmósfera general. Y ahí reside su innovación: no en lo que haces, sino en cómo el juego utiliza pequeñas acciones para transmitirte sensaciones que normalmente requieren sistemas mucho más elaborados. No es un título para quienes buscan combates, progresión o complejidad mecánica. Es más bien una experiencia psicológica en la que las mecánicas existen para reforzar el tono.

Ahora bien, ¿es accesible? Sin duda. Centum no exige reflejos, no castiga, no complica. Todo está diseñado para que cualquiera pueda avanzar sin problemas. Tal vez la única barrera real sea su estilo narrativo y su intención de confundir, pero eso forma parte de la experiencia y no afecta al control como tal. En cuanto a dificultad, realmente no podemos hablar de algo difícil; es un juego que se centra en la observación y en decisiones simples. Y eso puede resultar demasiado básico para algunos jugadores, pero creemos que, dentro de su propio marco, está muy bien ajustado.

Hablando de los gráficos, aquí nos encontramos con un apartado visual deliberadamente austero. Centum apuesta por un estilo minimalista, casi esquemático, que evita adornos innecesarios y que refuerza esa sensación de aislamiento y desorientación. Las animaciones son pocas, pero están ahí cuando deben estar. Y precisamente porque todo es tan sobrio, cualquier pequeño movimiento, cualquier elemento visual que aparece fuera de lo habitual, destaca muchísimo. Creemos que esta elección estética no viene dada por limitaciones, sino por una decisión consciente de crear un espacio narrativo frío, casi clínico.

Lo interesante es cómo este minimalismo termina funcionando de manera sorprendentemente envolvente. No tiene el nivel de detalle de otros juegos ni busca impresionar a nivel técnico, pero sí logra una atmósfera coherente. Esa falta de adornos hace que te centres en lo importante: en los mensajes, en las decisiones, en las sensaciones. Además, el propio estilo invita a interpretaciones. Cuando el juego decide introducir elementos más extraños, estos resaltan de una forma casi simbólica. Opinamos que es un apartado correcto, bien planteado y ajustado a lo que Centum quiere transmitir.

En cuanto al sonido, volvemos a encontrarnos con una propuesta minimalista. No hay una banda sonora extensa ni melodías pensadas para quedarse en la memoria durante días. Más bien encontramos sonidos puntuales, algunos ambientales, otros casi intrusivos, diseñados para reforzar momentos concretos. Y precisamente por su escasez, cada sonido destaca más. No estamos ante un juego donde la música sea protagonista, pero sí ante uno que sabe usar el silencio para generar incomodidad.

Los efectos sonoros, aunque simples, cumplen su papel. No esperes doblajes o grandes composiciones orquestales. Centum apuesta por la contención. Y lo curioso es que funciona. Ese uso limitado del sonido contribuye a que la experiencia se sienta más introspectiva. Creemos que quienes busquen una banda sonora potente no la encontrarán, pero quienes entiendan el tono del juego apreciarán la intención detrás de este apartado.

En cuanto a errores y rendimiento, nos encontramos con una experiencia estable. Centum no es un juego técnicamente exigente ni necesita grandes recursos, por lo que corre sin problemas incluso en equipos modestos. No hemos experimentado bugs graves, crasheos o errores molestos durante la partida. Quizá algún detalle menor, pero nada que afecte al progreso ni que arruine la inmersión. De hecho, creemos que su sencillez técnica ayuda a evitar muchos de los problemas que sí aparecen en juegos más ambiciosos.

La optimización es buena, las cargas inexistentes y todo fluye con naturalidad. Eso sí, al ser una experiencia pequeña y muy dirigida, tampoco es que haya mucho margen para problemas técnicos. Pero incluso así, se agradece que esté pulido y se ejecute correctamente. Con juegos experimentales siempre existe el miedo de encontrarse con fallos raros, pero en este caso parece ser un proyecto estable y cuidado.

Llegando a la conclusión, creemos que Centum es una de esas experiencias que no deberían juzgarse por los mismos criterios que otros juegos más tradicionales. Su historia, aunque sencilla y difusa, logra crear una atmósfera muy particular; su jugabilidad, extremadamente minimalista, está planteada para reforzar su tono y generar preguntas más que respuestas; sus gráficos y sonido, lejos de buscar espectacularidad, funcionan como piezas de un rompecabezas emocional. No es un juego para todo el mundo, pero sí una propuesta llamativa para quienes disfrutan de experiencias raras, introspectivas y cargadas de simbolismo. Opinamos que, dentro de su propia categoría, logra exactamente lo que se propone.