Hay DLCs que se anuncian con fuegos artificiales y otros que llegan en silencio, como si no quisieran molestar demasiado. Lonely Mountains: Snow Riders – Highlands pertenece claramente al segundo grupo. No entra dando un portazo ni intenta convencerte de que todo ha cambiado; simplemente aparece, se coloca al lado del juego base y te mira con calma, como diciendo “si te apetece volver a la montaña, yo estoy aquí”. Esa forma de presentarse encaja perfectamente con la identidad del juego original, y también con el tipo de jugador al que va dirigido este contenido adicional.
Desde el primer momento queda claro que Highlands no es un punto de entrada para nuevos jugadores, sino una expansión pensada para quienes ya conocen bien Snow Riders. Aquí no hay explicaciones largas ni concesiones excesivas: el DLC asume que ya sabes cómo se controla el descenso, que ya te has peleado con la inercia y que ya has aprendido, a base de golpes, que la montaña siempre tiene la última palabra. Creemos que esa confianza en el jugador es uno de los mayores aciertos de este contenido adicional, porque no intenta repetir lo que ya estaba hecho, sino ampliar la experiencia con nuevos matices.

Conviene explicar bien qué es Highlands y qué propone. Este DLC añade una nueva región jugable al conjunto de montañas del juego base, con rutas inéditas, nuevos desafíos y una identidad propia muy marcada. No introduce mecánicas completamente nuevas ni cambia las reglas del juego, sino que utiliza el mismo lenguaje jugable para plantear descensos distintos, más abiertos en algunos tramos y más traicioneros en otros. Nos ha gustado que el enfoque sea claramente el de ampliar sensaciones y no el de inflar contenido sin alma.
A nivel conceptual, Highlands sigue contando la misma “historia” que el juego principal, si es que podemos llamarla así. No hay un relato tradicional, ni personajes, ni diálogos, ni objetivos narrativos explícitos. La experiencia vuelve a girar alrededor de una figura solitaria enfrentándose a la montaña, intentando llegar abajo de la mejor manera posible. Opinamos que, como DLC, no necesitaba más que eso, porque la fuerza de Snow Riders siempre ha estado en lo que se siente, no en lo que se cuenta con palabras.

La forma en que Highlands se integra narrativamente es completamente natural. No hay introducciones forzadas ni excusas argumentales complicadas para justificar su existencia. Simplemente es otra montaña, otro lugar al que llegar cuando ya has recorrido los anteriores. Creemos que esta sencillez juega muy a su favor, porque mantiene intacta esa sensación de soledad y aislamiento que define toda la experiencia.
En cuanto a duración, Highlands ofrece varias horas de contenido, pero, como ocurre con el juego base, todo depende de cómo se juegue. Si el objetivo es simplemente completar los descensos principales, el DLC puede parecer breve. Sin embargo, si uno se deja atrapar por la filosofía del juego y empieza a repetir rutas, a buscar caminos alternativos y a mejorar tiempos, la montaña se vuelve mucho más generosa. Teniendo en cuenta esto, como contenido adicional, ofrece suficiente profundidad para justificar su existencia sin sentirse inflado artificialmente.

La rejugabilidad sigue siendo uno de los pilares fundamentales. Highlands no solo invita a volver a bajar, sino que lo hace casi de forma obsesiva. Cada intento fallido se convierte en una excusa para volver a probar, y cada mejora, por pequeña que sea, se siente como una victoria personal. Creemos que este DLC entiende perfectamente qué tipo de jugador busca Snow Riders y le ofrece exactamente lo que espera, ni más ni menos.
Donde Highlands realmente demuestra su valor como DLC es en la jugabilidad. Las bases son exactamente las mismas que en el juego principal: controles simples en apariencia, física exigente y una montaña que no perdona errores. Sin embargo, el nuevo diseño de los escenarios introduce cambios sutiles que alteran la forma de jugar. Las pendientes, la distribución de obstáculos y la lectura del terreno obligan a reaprender ciertas cosas que dábamos por hechas.
Nos ha gustado especialmente cómo el DLC juega con la sensación de confianza del jugador veterano. En más de una ocasión creemos tener el control absoluto… hasta que un giro mal calculado o una superficie engañosa nos recuerda que aquí no hay espacio para el exceso de seguridad. Highlands castiga la rutina y premia la atención constante, algo que encaja muy bien con el espíritu del juego base.

La fluidez sigue siendo excelente, pero ahora se combina con un diseño más exigente en términos de precisión. No es que el juego sea injusto, pero sí es menos indulgente. Este aumento de dificultad está bien medido para un DLC, porque parte de la base de que el jugador ya ha pasado por una curva de aprendizaje previa. No se siente como un muro artificial, sino como una evolución natural.
En términos de accesibilidad, Highlands no introduce barreras nuevas, pero tampoco las elimina. El sistema de checkpoints sigue siendo clave para mantener la experiencia dentro de unos márgenes razonables de frustración. Poder reiniciar desde ciertos puntos permite experimentar sin miedo, algo fundamental en un contenido que apuesta tan fuerte por el ensayo y error. Creemos que sin este sistema, el DLC sería mucho más duro de digerir.
La dificultad, como siempre, es más psicológica que técnica. No se trata de memorizar patrones, sino de mantener la calma, aprender del error y aceptar que las caídas forman parte del proceso. Nos ha gustado que Highlands no intente suavizar este aspecto, porque perdería parte de su identidad. Aquí se viene a fallar muchas veces, y eso está bien.

Visualmente, Highlands mantiene la misma línea artística del juego base, pero introduce variaciones que hacen que la nueva región se sienta distinta. Los paisajes son más abiertos, la sensación de frío es más intensa y el uso del color transmite una atmósfera algo más áspera. Opinamos que, sin cambiar de estilo, el DLC consigue diferenciarse lo suficiente como para no parecer simplemente un reciclaje.
El minimalismo sigue siendo la clave. No hay exceso de detalles ni sobrecarga visual, pero cada elemento está colocado con intención. Las montañas se sienten imponentes, los caminos peligrosos y los errores visibles desde lejos. Creemos que esta claridad visual es fundamental para un juego donde la lectura del terreno lo es todo.
Las animaciones continúan siendo sencillas pero muy efectivas. Cada caída sigue doliendo lo justo, y cada descenso limpio transmite una sensación de control muy satisfactoria. Nos ha gustado que el DLC no haya intentado añadir florituras innecesarias, manteniendo la coherencia con el juego principal.

En el apartado sonoro, Highlands vuelve a apostar por la contención. El silencio sigue siendo protagonista, acompañado por el sonido del viento, la nieve y el deslizamiento. Opinamos que esta decisión sigue funcionando igual de bien que en el juego base, reforzando la sensación de soledad y concentración absoluta.
La música aparece de forma puntual y muy medida. No busca imponerse ni emocionar de manera evidente, sino acompañar ciertos momentos sin robar protagonismo a la experiencia. Creemos que, como DLC, ha sabido respetar perfectamente el equilibrio sonoro del original.
Los efectos de sonido mantienen un nivel muy alto. Cada impacto, cada roce y cada caída aportan información y refuerzan la sensación física del descenso. Nos ha gustado que el audio siga siendo una herramienta jugable y no solo decorativa.

En cuanto a rendimiento, Highlands se comporta de manera muy sólida. No hemos encontrado problemas graves ni caídas de rendimiento que empañen la experiencia. El juego sigue moviéndose con fluidez, incluso en momentos de alta velocidad. Opinamos que el DLC está bien optimizado y que no introduce inestabilidad innecesaria.
Algún pequeño fallo puntual puede aparecer, como colisiones algo extrañas o caídas que parecen injustas, pero son casos aislados y difíciles de separar de los errores propios del jugador. En ningún momento hemos sentido que el DLC esté mal pulido o apresurado.
Llegando a la conclusión, creemos que Lonely Mountains: Snow Riders – Highlands es un DLC muy bien entendido. No intenta reinventar el juego ni añadir contenido superfluo, sino ampliar la experiencia con una nueva montaña que se siente coherente, desafiante y bien diseñada. Para quienes disfrutaron del juego base, es una excusa perfecta para volver a deslizarse cuesta abajo.

La jugabilidad sigue siendo el corazón de la experiencia, ahora con un punto extra de exigencia. El apartado visual y sonoro mantienen el nivel, y el rendimiento acompaña sin problemas. Nos ha gustado que el DLC confíe tanto en el jugador y no intente sobreexplicarse.
En definitiva, Highlands es un contenido adicional pensado para quienes ya se enamoraron del silencio, la repetición y la satisfacción de mejorar poco a poco. No es imprescindible, pero sí muy recomendable para quienes quieran seguir perdiéndose en la montaña, cayendo una vez más… y volviendo a intentarlo otra vez.

