I Hate This Place: El lugar perfecto para no volver jamás

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Hay lugares que invitan a quedarse unos días, desconectar del mundo y disfrutar del paisaje. Luego existen otros que consiguen que quieras salir corriendo antes incluso de terminar de aparcar el coche. I Hate This Place deja muy claras sus intenciones desde el propio título, y lo curioso es que, después de pasar unas cuantas horas explorando su mundo, resulta complicado llevarle la contraria. No porque sea un mal juego, sino porque consigue construir un escenario tan inquietante que la sensación de peligro acompaña prácticamente cada paso. Nosotros empezamos pensando que sería otra aventura de supervivencia con monstruos y terminamos encontrando una experiencia donde la exploración, la gestión de recursos y la tensión constante consiguen formar una combinación bastante interesante.

La propuesta toma como inspiración el cómic homónimo y traslada su peculiar universo a un videojuego de supervivencia con perspectiva isométrica. Desde el principio queda claro que no estamos ante un título donde la acción sea la única respuesta a todos los problemas. Sobrevivir implica explorar, fabricar objetos, administrar cuidadosamente los recursos disponibles y comprender que muchas veces correr puede ser una decisión bastante más inteligente que intentar enfrentarse a todo lo que aparece delante. Y sí, por mucho que el orgullo nos diga lo contrario, a veces salir huyendo también cuenta como estrategia.

La historia gira alrededor de Elena, una chica que despierta accidentalmente una fuerza maligna relacionada con un lugar conocido como Rutherford Ranch. Lo que inicialmente parecía una escapada relativamente tranquila acaba convirtiéndose en una auténtica pesadilla donde la realidad comienza a deformarse y criaturas imposibles empiezan a aparecer por todas partes. A partir de ese momento nuestro objetivo pasa por descubrir qué está ocurriendo exactamente mientras intentamos sobrevivir dentro de un entorno que parece empeñado en acabar con nosotros.

Nos ha gustado que la narrativa no dependa únicamente de largas conversaciones o secuencias cinematográficas. Gran parte de la historia se construye mediante la exploración del escenario, los documentos encontrados y la propia ambientación. Poco a poco vamos descubriendo qué ocurrió anteriormente en ese lugar y cuáles son las consecuencias de haber despertado esa presencia sobrenatural. Creemos que ese ritmo pausado funciona bastante bien porque mantiene la curiosidad durante buena parte de la aventura.

Otro aspecto interesante es el tono que mantiene constantemente la narración. Aunque el juego presenta situaciones bastante inquietantes, también deja espacio para pequeños momentos más relajados que ayudan a que la tensión no resulte agotadora. Esa alternancia consigue que cada nuevo descubrimiento tenga mayor impacto y que el jugador nunca termine acostumbrándose completamente a lo que ocurre a su alrededor.

La duración resulta bastante adecuada para el tipo de experiencia que propone. No pretende convertirse en un juego interminable repleto de actividades secundarias, sino ofrecer una aventura donde el ritmo narrativo se mantiene bastante constante. Además, la exploración invita a revisar determinados escenarios para descubrir secretos, recursos adicionales o detalles que pueden pasar desapercibidos durante una primera partida.

La jugabilidad es, sin ninguna duda, el apartado donde I Hate This Place demuestra mejor su personalidad. Aunque comparte elementos con otros juegos de supervivencia, consigue diferenciarse gracias a un enfoque donde la preparación tiene tanta importancia como la propia acción. Explorar sin planificar puede terminar muy mal, ya que los recursos no abundan y cada enfrentamiento supone un riesgo considerable. Nosotros creemos que el juego consigue transmitir muy bien esa sensación de vulnerabilidad que tanto favorece a las experiencias de terror.

La exploración ocupa buena parte de la aventura. Cada nueva zona esconde materiales, herramientas y objetos necesarios para seguir avanzando. Sin embargo, recorrer el escenario nunca transmite una sensación de seguridad absoluta. Siempre existe la posibilidad de encontrarnos con alguna criatura inesperada o de agotar los recursos justo cuando más los necesitamos. Esa incertidumbre consigue mantener el interés incluso durante los momentos aparentemente más tranquilos.

La fabricación de objetos también desempeña un papel importante. A medida que conseguimos nuevos materiales podemos crear armas, munición, herramientas y otros elementos necesarios para sobrevivir. Nos ha gustado que el sistema resulte relativamente accesible y que no obligue al jugador a memorizar una cantidad exagerada de recetas. Todo está diseñado para que la fabricación complemente la exploración sin convertirse en un trabajo administrativo.

Los combates mantienen un equilibrio interesante entre acción y supervivencia. Disponemos de diferentes armas para defendernos, pero el juego deja claro desde el principio que enfrentarse directamente a todos los enemigos rara vez constituye la mejor opción. La gestión de la munición, la elección del momento adecuado para atacar y el conocimiento del escenario terminan siendo mucho más importantes que disparar sin pensar. Digamos que aquí hacerse el héroe suele durar exactamente hasta que aparece un enemigo bastante más grande que nosotros.

También nos ha gustado la importancia que adquiere el ciclo entre el día y la noche. Durante las horas diurnas resulta algo más sencillo explorar determinadas zonas y preparar el siguiente movimiento, mientras que la oscuridad incrementa considerablemente el peligro. Ese cambio modifica el comportamiento del jugador y obliga constantemente a decidir si merece la pena continuar explorando o buscar un lugar relativamente seguro antes de que la situación empeore.

Otro aspecto bastante conseguido es la variedad de enemigos. Las diferentes criaturas presentan comportamientos distintos que obligan a cambiar nuestra forma de actuar dependiendo de la situación. Algunos rivales resultan especialmente agresivos, mientras que otros aprovechan mejor el entorno para sorprendernos. Esa diversidad consigue evitar que los enfrentamientos terminen pareciéndose demasiado entre sí.

La dificultad nos ha parecido equilibrada. No estamos ante un juego excesivamente permisivo, pero tampoco castiga constantemente al jugador. Cada error suele tener consecuencias, aunque normalmente también deja una enseñanza para futuras situaciones similares. Opinamos que esa capacidad para recompensar el aprendizaje constituye una de las mayores virtudes de la experiencia.

Visualmente, I Hate This Place apuesta por una dirección artística muy marcada que consigue trasladar bastante bien el estilo del cómic original. Los escenarios presentan un uso del color muy llamativo, con fuertes contrastes que generan una sensación extraña entre belleza e incomodidad. No intenta alcanzar un realismo extremo, sino construir una identidad visual fácilmente reconocible.

La iluminación también juega un papel fundamental. Las sombras, los cambios de luz y determinados efectos consiguen aumentar considerablemente la tensión durante la exploración. Nos ha gustado especialmente cómo el escenario puede transmitir tranquilidad durante unos minutos para, poco después, convertirse en un lugar completamente hostil sin necesidad de grandes artificios.

El diseño de las criaturas merece una mención especial. Cada enemigo posee suficiente personalidad para resultar inquietante sin recurrir únicamente a sustos fáciles. La dirección artística consigue que muchas de estas criaturas permanezcan en la memoria incluso después de terminar la partida.

En el apartado sonoro encontramos una banda sonora que sabe mantenerse en un segundo plano cuando es necesario y aumentar la tensión durante los momentos más importantes. No busca convertirse constantemente en protagonista, sino reforzar esa sensación de incertidumbre que acompaña toda la aventura.

Los efectos de sonido realizan un trabajo excelente. Escuchar movimientos entre la vegetación, ruidos lejanos o pasos que no sabemos exactamente de dónde proceden consigue aumentar muchísimo la tensión. En más de una ocasión terminamos girando la cámara convencidos de que algo enorme estaba a punto de aparecer detrás de nosotros. Algunas veces ocurría. Otras simplemente era nuestra imaginación trabajando horas extra.

En el apartado técnico, el juego ofrece un rendimiento bastante sólido durante la mayor parte de la experiencia. La exploración resulta fluida y el comportamiento general transmite una sensación de producto cuidado. Evidentemente pueden aparecer pequeños detalles propios de un juego de estas características, pero en líneas generales la optimización cumple correctamente.

Después de recorrer sus escenarios, sobrevivir a encuentros bastante tensos y descubrir poco a poco los secretos que esconde Rutherford Ranch, la sensación que deja I Hate This Place resulta muy positiva. Su historia consigue despertar la curiosidad sin eclipsar el resto de mecánicas, la jugabilidad combina acertadamente exploración, supervivencia y fabricación de recursos, mientras que el apartado audiovisual construye una atmósfera realmente absorbente. Nosotros creemos que su mayor virtud consiste en entender que el terror no depende únicamente de los sobresaltos, sino de mantener constantemente la sensación de que cualquier decisión puede ser la equivocada. Puede que el título asegure que odia ese lugar, pero lo cierto es que nosotros hemos disfrutado bastante perdiéndonos en él… siempre que fuera desde detrás de una pantalla y no en la vida real.